
La inclusión de estudiantes haitianos en Chile enfrenta su mayor desafío en el silencio de las aulas, donde el idioma se convierte en una barrera invisible. En este escenario, Sylvestre Valcín, profesor de idiomas y traductor del Colegio Víctor Jara, se ha transformado en un pilar fundamental para la comunidad de Estación Central. Su labor no se limita a la enseñanza; actúa como un mediador territorial indispensable para orientar a alumnos y familias en un sistema que, aunque les abre la matrícula, a menudo olvida entregarles las herramientas para comprender su nuevo entorno. Su historia refleja cómo la voluntad docente sostiene a una población que ha sido dejada de lado por la brecha idiomática ante la ausencia de políticas estatales efectivas.
Con una década de residencia en Chile y más de quince años de experiencia, Valcín es una figura clave en el Colegio Víctor Jara, establecimiento con una alta matrícula migrante. Es traductor, mediador y apoyo emocional. Al ser padre de un joven que cursa cuarto medio, su perspectiva combina la visión del docente con la del apoderado que vive las dificultades del sistema en carne propia.
El éxodo de los profesionales
Como muchos de sus compatriotas, su partida fue forzosa. “En Haití la educación estaba muy mal y eso me motivó a venir, tuve que buscar otras oportunidades. Pensé en Chile porque sabía que acá hay una gran variedad de migraciones, y consideré que mi profesión como profesor de idiomas podría ser útil”, relata.
Según datos del Centro de Estudios del Ministerio de Educación (Mineduc) sobre la Distribución de Cargos Docentes, Chile cuenta con 267.933 profesores, de los cuales solo 3.443 son extranjeros. Valcín es uno de ellos, y su voz es vital para entender las abismales diferencias entre ambos sistemas educativos.
“En mi país la educación es mucho más exigente. Allá se llega hasta séptimo medio, tres años más que en Chile. Ahora, eso no quiere decir que en Chile la educación sea fácil, pero sí es más flexible. Aquí hay más facilidades para terminar los estudios… En Haití, aunque la educación es exigente, también es más difícil, porque el Estado no apoya mucho a los profesores”.
El título como única salida
Valcín explica que, en Haití, el título profesional es la única frontera entre la existencia y la invisibilidad: “Allá, si no eres médico, ingeniero, profesor o abogado, no eres nadie”. Sin embargo, el cartón no garantiza estabilidad: “Mi hermano es ingeniero; mi esposa, médica; y mi hermana, enfermera. Todos tuvimos que salir del país”.
Esta presión por la profesionalización choca con la barrera económica en Chile. “Estudiar en Chile es caro. Las universidades cuestan desde 300 mil pesos mensuales o más… Yo mismo, como profesor, tengo un sueldo estable, pero aun así me cuesta pensar cómo pagarle la universidad a mi hijo que está en cuarto medio. Entre vivienda, transporte y comida, no alcanza”.

Un apoyo que no termina con la campana
Su jornada laboral no tiene horario. Si una familia necesita ir al CESFAM, a un hospital o a un tribunal y no domina el español, Sylvestre los acompaña. “En 2019 falleció un alumno y estuve con su familia todo el proceso, porque no sabían cómo manejar la situación”, recuerda con la voz firme de quien carga con el peso de su comunidad. “Mi apoyo no se limita al aula; es comunitario. No lo hago por dinero, sino porque estoy aquí para ayudar”.
Esta entrega es la respuesta humana ante la falta de políticas de inclusión de estudiantes haitianos en Chile. Según el Informe de Matrícula 2024 del Mineduc, los extranjeros representan el 7,7% de la matrícula total (275.927 estudiantes). Muchos de ellos, advierte Valcín, enfrentan un futuro incierto por la falta de documentos: “Muchos alumnos no tienen RUT chileno. Y sin eso no pueden matricularse en la universidad ni acceder a becas o créditos”.

A pesar de todo, los sueños de sus alumnos son su motor. “Los haitianos siempre tienen sueños: todos quieren estudiar, ser alguien… Para nosotros, estudiar es la única salida. Si no estudias, no hay futuro”. Para Sylvestre, la solución no llegará de un decreto, sino de la esencia de su profesión: “Para ser profesor hay que tener vocación. Si no tienes vocación, no se puede”.