
La escolarización de estudiantes haitianos en Chile se ha convertido en uno de los mayores desafíos para el sistema público, que hoy concentra a más de 275.927 alumnos extranjeros en sus aulas según datos del Centro de Estudios Mineduc. En el corazón de Estación Central, un establecimiento educacional resguarda los sueños de cientos de estos niños. En el patio de la Escuela Víctor Jara, la mochila no solo carga cuadernos; para la mayoría, el peso es el de una infancia que maduró antes de tiempo. Fuera de esas paredes, deben cuidar hermanos y limpiar mientras sus padres cumplen jornadas laborales que, según el INE, suelen superar las 45 horas semanales en el sector servicios.
El contraste de dos filosofías: ¿Integrar o asimilar?
La integración en Santiago no tiene una sola cara. Mientras en la Escuela Víctor Jara la multiculturalidad es el motor, a pocos kilómetros, en el Colegio San Benildo de Recoleta, la apuesta es distinta. Allí, la fachada encierra una visión de “asimilación”: este año, por decisión directiva, los bailes tradicionales de otros países fueron reemplazados exclusivamente por danzas chilenas. El objetivo, según la jefa de UTP, Génesis Cantillana, es que el alumno extranjero se “impregne” de la cultura que lo acoge.
Este choque de estrategias revela la tensión del sistema: ¿Deben los niños haitianos olvidar sus raíces para encajar, o es el sistema el que debe expandirse? Según la Ley de Inclusión Escolar (Ley 20.845), el Estado debe garantizar la integración, pero no especifica cómo gestionar la interculturalidad en el día a día.
Los “traductores” del silencio y el vacío legal
La barrera idiomática sigue siendo el desafío más crudo. Aunque muchos niños dominan el español, sus padres viven en un aislamiento lingüístico. Aquí surgen figuras como Sylvestre Valcín, un mediador haitiano que domina cuatro idiomas y actúa como el puente que el Estado no provee de forma sistemática.
Pero la mediación también ocurre entre pares. Estudiantes como Ramondjena Joseph relatan cómo, sin ser traductores oficiales, terminan ayudando a sus compañeros. “Solo lo hacía cuando entendía, porque hay palabras que aún no comprendo”, confiesa. Esta precariedad pedagógica ocurre pese a la existencia del Decreto 83, que exige la diversificación de la enseñanza para estudiantes con barreras de aprendizaje.
El costo de crecer: De la sala diurna a la educación nocturna
La necesidad económica suele interrumpir las trayectorias escolares. Lisbeth Barriga, educadora diferencial, relata que jóvenes como “Jena” (como la conocen sus amigos), de 18 años, deben sostener económicamente su hogar mientras cursan tercero medio. Esta realidad expulsó a Ramondjena Joseph de la educación regular: hoy, en cuarto medio, asiste a la educación nocturna (EPJA) para poder trabajar durante el día.
| Dato Clave | Impacto en la Inclusión Educativa |
|---|---|
| Matrícula Migrante | La población de estudiantes extranjeros ha crecido más de un 300% en la última década, presionando la capacidad del sistema público. |
| EPJA (Educación Nocturna) | Se ha vuelto el refugio pedagógico para jóvenes migrantes que deben trabajar durante el día por falta de redes de apoyo. |
| Salud (Fonasa) | Muchos estudiantes no están inscritos, quedando fuera de la red de urgencias escolar, lo que los deja vulnerables ante accidentes en el aula. |

El camino está lleno de cicatrices, desde insultos racistas como “masisi” hasta la falta de previsión de salud que impide atenciones dignas. La lucha de las educadoras es contra los prejuicios de colegas que dudan de la capacidad de estos alumnos para llegar a la universidad. Al final del día, en la cancha de Estación Central, los jóvenes demuestran que, entre el creole y el español, terminar sus estudios sigue siendo su meta más sagrada.