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Sylvestre Valcín, profesor haitiano en Chile: “Mi apoyo no se limita al aula, es comunitario”

Sylvestre Valcín, profesor de idiomas y traductor del colegio Víctor Jara es un pilar fundamental en la comunidad haitiana de la comuna, ya que además de desempeñarse como docente ayuda a nivel territorial para orientar a alumnos, apoderados y familias de su territorio a adaptarse a un país que con un idioma diferente al de su origen.  Su historia refleja como personas como él están sosteniendo una comunidad que ha sido dejada de lado por la brecha idiomática. 

Con una década de residencia en Chile y más de quince años de experiencia como profesor de idiomas, Sylvestre Valcín se ha convertido en una figura clave en el colegio Víctor Jara de Estación Central, donde hay una alta población de familias haitianas. Su labor trasciende las aulas: es traductor, mediador y un pilar de apoyo para alumnos y apoderados que enfrentan las complejidades de un nuevo país. Además, tiene dos hijos, el mayor cursa el último año de enseñanza media,lo que le permite tener opinión  no solo como profesor sino también como apoderado. 

Su historia, como la de muchos de sus compatriotas, es la de una partida forzosa. “En Haití la educación estaba muy mal y eso me motivó a venir, tuve que buscar otras oportunidades. Pensé en Chile porque sabía que acá hay una gran variedad de migraciones, y consideré que mi profesión como profesor de idiomas podría ser útil”. 

Según datos recopilados por el Centro de Estudios MINEDUC (Distribución de Cargos Docentes 2017-2025), Chile cuenta con 267.933 profesores a nivel nacional, de los cuales 3.443 son extranjeros. De esta población, Valcín representa a solo uno de estos docentes, sirviendo como voz para abordar las diferencias entre la educación chilena y la haitiana.

Al respecto, Valcín señala que las diferencias son significativas, indicando que “en mi país la educación es mucho más exigente. Allá se llega hasta séptimo medio, tres años más que en Chile. Ahora, eso no quiere decir que en Chile la educación sea fácil, pero sí es más flexible. Aquí hay más facilidades para terminar los estudios y seguir con una carrera académica. En Haití, aunque la educación es exigente, también es más difícil, porque el Estado no apoya mucho a los profesores ni respeta su trabajo o las leyes del sistema educativo”.

Explica que la educación haitiana es  incapaz de ofrecer un futuro. “Allá, si no eres médico, ingeniero, profesor o abogado, no eres nadie”, comenta. Sin embargo, el título no garantiza nada. “Mi hermano es ingeniero; mi esposa, médica; y mi hermana, enfermera. Todos tuvimos que salir del país”. 

Debido a la falta de apoyo estatal de su país convierten el acceso a la educación superior en un privilegio económico. Valcin resume esta frustrante realidad al responder sobre qué pasa con el futuro de los estudiantes cuando terminan sus estudios: “Francamente, nada. Es una de las razones por las que muchos profesionales decidimos emigrar. En Haití hay mucha gente con educación y carreras, pero sin oportunidades. Todos tuvimos que salir del país.” Además de la exigencia, existe una barrera económica insalvable: “En Haití, si tienes dinero, puedes estudiar; si no, no estudias.” Esta situación condena a los jóvenes al estancamiento, forzándolos a emigrar: “El país no ofrece oportunidades reales para continuar los estudios universitarios.” 

Pero esto no sólo pasa en su país natal sino que lo comparó con la realidad de los estudiantes chilenos, “estudiar en Chile es caro. Las universidades cuestan desde 300 mil pesos mensuales o más, y la mayoría de los padres gana 400 o 500 mil pesos al mes. Muchos trabajan en ferias o en oficios informales. Yo mismo, como profesor, tengo un sueldo estable, pero aun así me cuesta pensar cómo pagarle la universidad a mi hijo que está en cuarto medio. Entre vivienda, transporte y comida, no alcanza.” 

Entonces, aunque existen becas y créditos, los requisitos son difíciles. Si no calificas o no tienes papeles, te quedas fuera. En otros países, como República Dominicana, hay universidades para distintos niveles económicos. En cambio, acá, si no tienes beca, crédito o dinero, simplemente no puedes estudiar. Eso es muy duro.

Su rol no solo es fundamental en la sala de clases sino que también fuera del colegio porque su jornada laboral no termina cuando suena el timbre. Si un alumno tiene problemas, él llama a los padres. Si una familia necesita ir al CESFAM, al hospital o incluso a un tribunal y no domina el español, Sylvestre los acompaña. “En 2019 falleció un alumno y estuve con su familia todo el proceso, porque no sabían cómo manejar la situación”, recuerda. Su voz no flaquea; es la de un hombre acostumbrado a cargar con el peso emocional de su comunidad. “Mi apoyo no se limita al aula; es comunitario. No lo hago por dinero, sino porque estoy aquí para ayudar”.

Esta entrega total no es un parche, insiste, sino parte de una solución que la escuela ha construido ante la ausencia de herramientas estatales. Él es la pieza clave que conecta al colegio con las familias, un mediador cultural indispensable. Un rol que él, junto al equipo directivo, asume con un compromiso inquebrantable, haciendo un seguimiento a los alumnos incluso después de que egresan de octavo básico para asegurarse de que continúen sus estudios.

Según los datos más recientes del Centro de Estudios MINEDUC, la cantidad de estudiantes matriculados en el sistema escolar durante el año 2024  es de 3.582.932 de los cuales 275.927 estudiantes son extranjeros, lo que representa el 7,7% de la matrícula total. 

La realidad de los estudiantes migrantes, no solo los de nacionalidad haitiana sobre si esto puede cerrarles las puertas a los niños para alcanzar sus sueños el profesor afirma,  “Sí, lamentablemente. Muchos alumnos no tienen documentos, no tienen RUT chileno. Y sin eso no pueden matricularse en la universidad ni acceder a becas o créditos. Además, estudiar en Chile es caro. Aunque existen apoyos, los requisitos son difíciles. Si no calificas o no tienes papeles, quedas fuera”. A pesar de los obstáculos, Valcín destaca que los sueños de sus alumnos haitianos son una fuente constante de inspiración.

Menciona que desde  que es profesor siempre conversa con sus alumnos antes de empezar la clase y es en esta instancia donde los estudiantes pueden hablar de sus metas y sueños. “Los haitianos siempre tienen sueños: todos quieren estudiar, ser alguien. En Haití, si no eres médico, ingeniero, profesor o abogado, no eres nadie. Siempre me preguntan: ‘Tío Sylvestre, ¿qué piensa si estudio medicina? ¿O ingeniería?’. Siempre tienen ese deseo de superarse. Eso me llena de orgullo. En cambio, veo que muchos jóvenes chilenos no sienten esa obligación, quizás porque su país ofrece más opciones: pueden trabajar, emprender o estudiar. Pero para nosotros, estudiar es la única salida. Si no estudias, no hay futuro. Esa es la diferencia”. 

Esta presión cultural por la profesionalización podría estar detrás de la tendencia en la educación superior, si bien no es posible determinar la cantidad exacta de los 275.927 estudiantes extranjeros del sistema escolar (básica y media) que logran ingresar a la educación superior en el mismo año 2024, debido a la naturaleza continua de la migración y las distintas vías de ingreso, los informes del SIES y el CNED revelan una tendencia clara en el nivel terciario. La matrícula de estudiantes extranjeros en la Educación Superior (Universidades, IP y CFT) experimentó un aumento del 19% en 2024 y de más del 35% en los últimos dos años, con una marcada concentración del 96,6% de estos estudiantes provenientes de América Latina. Cabe destacar que esta población se distribuye principalmente en el sector técnico-profesional, donde los Institutos Profesionales (49,3%) y los Centros de Formación Técnica (37,9%) agrupan a la gran mayoría de estos jóvenes, mientras que las Universidades concentran solo el 12,8% del total.

El compromiso del colegio, según Valcín, se refleja en el seguimiento que hacen a sus egresados, ayudándolos a matricularse en la enseñanza media y celebrando sus logros como un triunfo colectivo. “Para nosotros eso es un orgullo, un logro del colegio y de toda la comunidad educativa”.

Al final, todo se reduce a esa palabra: vocación. Sylvestre Valcín no es solo un profesor, es un cuidador, un traductor de realidades, un faro para jóvenes que sueñan con ser profesionales en una tierra extraña. Es el recordatorio vivo de que mientras las políticas públicas no lleguen, la integración dependerá de la voluntad y el corazón de personas como él. “Para ser profesor hay que tener vocación”, concluye. “Si no tienes vocación, no se puede”.

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