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Educación chilena vs extranjera: exigencia, acceso y brechas para estudiantes migrantes en el sistema escolar

Mientras la matrícula de estudiantes migrantes crece en Chile, las diferencias entre los sistemas educativos de origen y el chileno se traducen en brechas de acceso, trayectorias educativas truncas y mucha carga sobre los docentes. Desde Haití, Perú, Venezuela y Ecuador, profesores y estudiantes relatan cómo viven esta doble comparación: la del país que dejan atrás y la del país que los recibe.

Cuando Sylvestre Valcín llegó desde Haití a Chile hace diez años, sabía que su formación como profesor de idiomas podía ser útil en un país que empezaba a recibir con fuerza a estudiantes migrantes. Lo que no imaginó fue que, además de hacer clases, terminaría traduciendo en tribunales, CESFAM y reuniones de apoderados, convirtiéndose en puente lingüístico y cultural entre familias haitianas y la escuela chilena. “En mi país la educación es mucho más exigente. Allá llegamos a séptimo medio y los profesores son muy estrictos. Pero si no tienes plata, no estudias”, explica el docente haitiano del colegio Víctor Jara, en Estación Central.

En Haití, las oportunidades se concentran en unos pocos liceos gratuitos y en universidades privadas a las que solo accede quien puede pagar. En Chile, en cambio, Valcín valora la existencia de gratuidad escolar y alternativas de becas o créditos. Sin embargo, advierte que eso no significa que la trayectoria de los estudiantes migrantes sea sencilla. “Acá los alumnos pueden tener más instancias para elegir lo que quieren, pero igual es caro estudiar. Si no tienes beca o crédito, necesitas ‘plata de verdad’ para ir a la universidad”, afirma.

Exigencia académica vs. posibilidades reales

Los testimonios recogidos en colegios de Recoleta y Estación Central muestran que muchos adolescentes migrantes comparan constantemente ambos sistemas. Jhon, estudiante peruano de tercero medio en el colegio San Benildo, valora que en Chile existan más apoyos y orientación vocacional. “Aquí te dan más información sobre lo que necesitas para estudiar una carrera y recomiendan talleres. En Perú también hay opciones, pero uno siente que acá hay más facilidades sin importar la economía”. Comenta.

Nelson, estudiante de cuarto medio que vivió en Venezuela y Colombia antes de llegar a Chile, tiene una visión distinta. Para él, el sistema chileno es más exigente en contenidos, pero esa exigencia convive con otras presiones. “Cuando llegué todo era súper complejo. Hay más apoyo psicológico que en mi país, pero también más estrés por temas de estudio, trabajo y documentación”.

En las salas de clases, estas diferencias se traducen en ritmos de aprendizaje disparejos, brechas de lenguaje (tanto en español como en vocabulario académico) y estudiantes que deben adaptarse a nuevas evaluaciones, como la PAES, sin haber cursado todo el currículo chileno.

Docentes sobrecargados y rol de la escuela

La comparación entre sistemas educativos no se queda solo en los estudiantes. Para Valcín, la escuela chilena hace esfuerzos importantes, pero todavía descansa demasiado en el compromiso individual de los docentes. Mi trabajo acá no es solo en clase. A veces tengo que ir a la casa de los apoderados, acompañar al CESFAM o a tribunales porque no hablan español. Eso no está en ningún contrato, pero lo hago por mi comunidad”.

Los colegios intentan responder con los recursos que tienen, pero la presencia de estudiantes sin RUT o con documentación en trámite limita el acceso a becas, programas de apoyo y subvenciones que dependen del Registro Social de Hogares. En la práctica, eso significa que hay alumnos que están en la sala… pero no siempre en las estadísticas ni en los presupuestos.

Identidad, integración y futuro

Más allá de las cifras, lo que está en juego es la construcción de proyectos de vida. En Haití, señala Valcín, estudiar es casi la única vía de movilidad social. “Todos los haitianos vamos a estudiar con un sueño. Nuestros papás nos dicen ‘usted va a terminar y va a ir a la universidad, como sea”.

En Chile, esa aspiración se enfrenta a la realidad de arriendos caros, trabajos precarios y estudios superiores costosos, especialmente para familias migrantes con ingresos inestables. Aun así, muchos estudiantes siguen proyectándose en la educación. “Siempre me preguntan si pueden estudiar medicina, agronomía o ingeniería. Tienen el sueño de tener una carrera profesional”. Cuenta el profesor.

 

Entre la exigencia del sistema de origen y las oportunidades —a veces condicionadas— del sistema chileno, los estudiantes migrantes transitan por una frontera educativa que todavía no se reconoce del todo en las políticas públicas. La comparación entre la educación chilena y la extranjera, más que un ranking, es el mapa de esas desigualdades.

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